Hay cosas a las que uno no puede
aclimatarse. El final de “Mujeres de Manhattan”, la boda o ascenso de tu peor
amiga, la dieta de la sopa o encontrarse con alguien a quien dijiste “si eso,
ya nos vemos”. (Siguiendo la Ley de Murphy, sin sitios para esconderse ni
tiempo para reaccionar).
Entrar en H&M de Gran vía es
como con el rosco de Reyes: sabes que hay sorpresa. A punto de pagar a alguien
en la cola en probadores para entrar antes, una sonrisa en plan “Colgate” me
deja sin aliento, (y su posterior abrazo a punto de la asfixia).
En mis nueve años sorteando
compañeros de piso, he disfrutado y padecido aventuras algo tortuosas además de
compartir gastos y el mando a distancia: la compañera vegetariana que te agrede
con la mirada mientras te comes humildemente un bocadillo de jamón (sí, lo echa
de menos), la obsesiva por la limpieza que huele a ambientador, el que no sale jamás
de su habitación y la experiencia te enseña que es mejor hacer conjeturas a
descubrir nada, el que no limpia y ensucia echándole la culpa a otros, o el
infiel y la novia persecutoria. Creer que puedes tener más amantes resulta ser
vergonzoso, y no sabes hacia donde vas ni en las rebajas ni en la vida. Una
puede fingir no verlo, pero cuando dejas de sonreír y juzgar las relaciones de
los de tu alrededor se convierte en tu único pasatiempo, has fracasado porque
has engañado a la única persona con la que jamás terminarás, a la que miras
cada mañana en un espejo y le debes toda tu gratitud.
Así en vez de enfrentarse, ella decidió
confiar en cambiarle y perder lo demás. Lo que yo he dicho en una frase, ella
tardó una década y muchas lágrimas el darse cuenta. Siempre fue bonita, pero
ahora tiene luz. Ha vuelto a sonreír.
Cuando me marché de casa para
vivir sola, fue porque no podía cambiar muchas cosas, ni siquiera abrirle los
ojos a alguien. Cuando todo se convirtió en la versión más parecida a Melrose
Place, mi tiempo se acabó. Detesto las versiones.
Una mañana decidí que ya estaba
harta. Los hechos fortuitos de la vida me acercaron a una fantástica mujer que
me alquilaba una casa, y en tan solo tres días me despertaba cuando fuera aun
estaba oscuro y en tres horas había llenado una furgoneta prestada. Lo hice
sola y algunos dirían que a escondidas. Tal vez por ello fui más consciente de
todo. Desaparecí sin dejar rastro. ¿Venganza? No lo creo, porque de haber sido
así uno lo disfruta, encuentra el regocijo.
Tengo que reconocer que cuando el pie no
alcanza a pisar el embrague y se te cala el coche sientes pudor, miedo o todas
las ganas de ser tú más que nunca. Y cambias.
Cuando llegué hace dos años una
mañana fría y lluviosa todas mis cosas estaban por el suelo, sin somier, sin
agua caliente, y mi cepillo de dientes escondido en algún lugar al que
irónicamente no llegaba.
Aquella ducha fría me trajo un pequeño
resfriado y muchos cambios, pero ¿podría imaginar todo lo bueno que ha venido
después?

















