Sentada al sol con un croissant y con la cámara en la mano no aspiro a nada más. No esta mañana en que el sol me suplica que permanezca ahí, que escuche el sonido rítmico de los caballos mientras me dejo epatar por el paisaje. Armonía total.
Mientras espero a que mi hermana pequeña se le caiga la lengua como a su bonito caballo, observo cómo levanta su pequeño y grácil cuerpo de forma acompasada y se permite sonreír cuando tras saltar las vallas gana seguridad, se supera y confía más en sí misma.
Resulta sorprendente cuando en un deporte nuestra red de seguridad depende de otros; hasta que saltamos límites que permiten dejar de pender del estado o incluso de las condiciones ajenas.
Pero la realidad es que no hace falta practicar ninguna actividad para aprender a valernos por nosotros mismos en la vida. ¿Cuántas veces nuestra felicidad ha dependido de otros y las circunstancias nos han obligado a cambiar la dirección solos?
Algunas fiestas, exámenes, compras y muchas confidencias después nos sorprendemos al comprobar los años luz que distan de aquellas personas que fuimos en una determinada época. Y más aun, las personas en que nos convertimos cuando al despertarnos una mañana, pudimos comprobar que las cosas habían cambiado, teniendo que aceptar y sobre todo saber encajar. ¿Será que tienen que producirse giros inesperados para despertar y así crear mejores versiones de nosotros mismos?
Podemos rebelarnos contra ellos y no permitirnos perdonar, o podemos unirnos y para ello nada mejor que organizar una “Fashion swap party”.
En nuestro armario hay prendas cuyas posibilidades de volver a brillar son demasiado escasas, pero puede ser una nueva oportunidad para otra persona. Exige planificación y desapego, la conquista de nuevos espacios cuando nuestras esperanzas superan límites.

Hay piezas de calidad, con las que siempre podrás contar: las blazers, little black dress, camisas, vaqueros, y algunos bolsos. Son como tus padres y tus hermanas, porque están ahí. Son clásicos, los básicos renovados que se definen como atemporales, llenos de detalles cargados de historia. Aquel vestido o conjunto que te costó tanto encontrar, ¡es tu pareja!

Los básicos: jeans, jerséis, zapatos de tacón con los que puedes estar días. Esos son los amigos que no te fallan. Pasan los años y tienen su propio espacio privilegiado en el armario.
Las novedades de temporada, todo aquello que adopta nuevas formas: sombreros sofisticados, plataformas increíbles, el zapato plano masculino o las pieles. Parece que con ellos nos reinventamos. Son amigos nuevos.
Todo aquello que no te pones, las prendas que se han quedado pequeñas, o que no te sientan bien. Son los amigos que ya no están, y con los que puedes desatar lazos incluso perdonándote a ti misma dejándoles marchar. Suma todo aquello duplicado, promociones, ropa con antigüedad que lleva etiqueta o regalos que no has usado nunca. Es todo aquello que de lejos parecía una buena idea pero en la práctica no funcionó. Renovarse o morir.

Invita a tus amigas, sobre todo a las compradoras compulsivas, ¡ellas aportarán locura y variedad!

Irene es mi hermana pequeña. Cuando viene a mi casa, todo lo quiere, porque con sólo 11 años aún tiene que descubrir las diferentes clases de amigos que hay, que su familia será una constante… Cuando sea más mayor y entre en mi ropero, sabrá muy bien qué es lo que quiere porque no todo le convencerá.
¿Seguirá así saltando vallas?

