viernes, 27 de abril de 2012

Compartir piso, "Algo para recordar"







 Hay cosas a las que uno no puede aclimatarse. El final de “Mujeres de Manhattan”, la boda o ascenso de tu peor amiga, la dieta de la sopa o encontrarse con alguien a quien dijiste “si eso, ya nos vemos”. (Siguiendo la Ley de Murphy, sin sitios para esconderse ni tiempo para reaccionar).

Entrar en H&M de Gran vía es como con el rosco de Reyes: sabes que hay sorpresa. A punto de pagar a alguien en la cola en probadores para entrar antes, una sonrisa en plan “Colgate” me deja sin aliento, (y su posterior abrazo a punto de la asfixia).


En mis nueve años sorteando compañeros de piso, he disfrutado y padecido aventuras algo tortuosas además de compartir gastos y el mando a distancia: la compañera vegetariana que te agrede con la mirada mientras te comes humildemente un bocadillo de jamón (sí, lo echa de menos), la obsesiva por la limpieza que huele a ambientador, el que no sale jamás de su habitación y la experiencia te enseña que es mejor hacer conjeturas a descubrir nada, el que no limpia y ensucia echándole la culpa a otros, o el infiel y la novia persecutoria. Creer que puedes tener más amantes resulta ser vergonzoso, y no sabes hacia donde vas ni en las rebajas ni en la vida. Una puede fingir no verlo, pero cuando dejas de sonreír y juzgar las relaciones de los de tu alrededor se convierte en tu único pasatiempo, has fracasado porque has engañado a la única persona con la que jamás terminarás, a la que miras cada mañana en un espejo y le debes toda tu gratitud.


 Así en vez de enfrentarse, ella decidió confiar en cambiarle y perder lo demás. Lo que yo he dicho en una frase, ella tardó una década y muchas lágrimas el darse cuenta. Siempre fue bonita, pero ahora tiene luz. Ha vuelto a sonreír.

Cuando me marché de casa para vivir sola, fue porque no podía cambiar muchas cosas, ni siquiera abrirle los ojos a alguien. Cuando todo se convirtió en la versión más parecida a Melrose Place, mi tiempo se acabó. Detesto las versiones.


Una mañana decidí que ya estaba harta. Los hechos fortuitos de la vida me acercaron a una fantástica mujer que me alquilaba una casa, y en tan solo tres días me despertaba cuando fuera aun estaba oscuro y en tres horas había llenado una furgoneta prestada. Lo hice sola y algunos dirían que a escondidas. Tal vez por ello fui más consciente de todo. Desaparecí sin dejar rastro. ¿Venganza? No lo creo, porque de haber sido así uno lo disfruta, encuentra el regocijo. 

 Tengo que reconocer que cuando el pie no alcanza a pisar el embrague y se te cala el coche sientes pudor, miedo o todas las ganas de ser tú más que nunca. Y cambias.



Cuando llegué hace dos años una mañana fría y lluviosa todas mis cosas estaban por el suelo, sin somier, sin agua caliente, y mi cepillo de dientes escondido en algún lugar al que irónicamente no llegaba. 

 Aquella ducha fría me trajo un pequeño resfriado y muchos cambios, pero ¿podría imaginar todo lo bueno que ha venido después?